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20 DE ABRIL DEL 2014

CUERDAS DE AMOR
Dios por medio de Jesús, ha rodeado al ser humano con fuertes lazos de un amor que el mundo, en su mayoría desconoce.

Una visión errada

Recuerdo que cuando era niño, una vez tomé una cerilla y la encendí, puse el dedo en la llama y en el momento que comencé a sentir que me quemaba lo retiré.
Mi madre tenía un cuadro en su habitación que representaba a Dios en el cielo con personas redimidas y en la parte de abajo había un infierno de llamas donde la gente se quemaba y expresaba con sus caras deformadas un dolor terrible. A mí me daba miedo ese cuadro. Yo relacionaba el dolor que me producía el fuego de la cerilla con aquel dolor indescriptible que debían sentir las personas que iban al infierno.
Durante muchos años concebí a Dios como alguien muy severo e implacable, que nunca se saciaba de ver sufrir en esta tierra y en el infierno “eterno” a las criaturas que él había creado. Pero por la gracia de Dios fui impulsado a conocer mejor a nuestro Hacedor y me volqué en el estudio de las Sagradas Escrituras.

El amor ágape

Para sorpresa y alegría mía descubrí que Dios es amor y que él no quiere la muerte del impío (Ez. 33:11); que nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo para morir por el pecador (Zac. 13:6), para buscar y salvar lo que se había perdido (Lc. 19:10) y que con su muerte sustitutoria puso a nuestra disposición la salvación eterna (Col. 1:13-14). Aprendí que el Espíritu Santo hace todo lo necesario para convencernos de nuestros pecados y llevarnos al arrepentimiento (Jn. 16:8), es decir que aún el dolor que sentimos por nuestras faltas, el deseo de cambiar y hacer las cosas mejor, todo aquello bueno que pueda surgir de nosotros, nos lo da Dios (Fil. 2:13). Entendí que el infierno eterno, ese lugar donde las llamas devoran a los impíos día y noche, por los siglos de los siglos, no existe (en otra carta hablaremos de este tema). Aún la destrucción definitiva de los mismos después del milenio, si bien es un acto de la justicia divina, también encierra una piedad infinita. La Biblia presenta la misericordia y la compasión de nuestro Señor como rasgos predominantes de su carácter: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo su pensamiento, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7).
¡Oh, qué maravilloso Dios! El término misericordia describe la cualidad compasiva de nuestro Señor, que a pesar de las faltas que hemos cometido, está dispuesto a perdonarnos de forma amplia (completa) y a liberarnos de la condenación del juicio final. De hecho, en la Biblia, el término amor referido a Dios, es la traducción del vocablo ágape. Existen otros términos griegos usados para aludir al amor, pero se eligió este último para hacer referencia a la relación entre Dios y sus hijos. Philia se refiere al amor fraternal entre personas cercanas, a la amistad, al afecto. Podríamos decir que philia es el amor que promueve el bien común a la hora de colaborar e interactuar con otros. Eros está más asociado generalmente al amor sexual o pasional, mientras que ágape hace mención al amor divino y expresa las diversas modalidades del amor entre Dios y los seres humanos.
Así como el amor eros se basa en la noción de necesidad, y el amor philia en el concepto de reciprocidad, el amor ágape, no se funda en ellos ni se nutre por el deseo de recibir recompensa alguna de los demás. Da sin esperar nada a cambio, es un amor basado en un principio y no en emociones pasajeras. Este es el amor de Dios, el que se manifiesta entre el Padre y Jesús (Jn. 15:10; 17:26); es el amor divino que redime a la humanidad perdida en el pecado (Jn. 3:16); es el amor que nunca deja de ser (1 Co. 13:8).

La misericordia y la justicia divinas

Uno de los problemas más graves que tenemos que enfrentar los cristianos y el mundo en general, es la falta de comprensión del carácter de Dios. Satanás se ha encargado de desfigurarlo. O nos vamos al extremo de creer que Dios lo tolera todo, aún el pecado y que no va a condenar a nadie a la perdición eterna; o bien nos inclinamos a pensar que Dios no tolera al pecador y que su reacción inmediata ante la debilidad humana es el implacable castigo divino. Pero estos dos conceptos son extremos. Es cierto que Dios odia el pecado y que es completamente ajeno a su naturaleza, pero ama al pecador hasta el punto de haber enviado a su Hijo Jesucristo a morir por él.
En el santuario se encontraba el arca de la alianza y dentro de la misma se hallaban las tablas con los diez mandamientos. Estos simbolizan la justicia de Dios, mientras que la santa shekina que se manifestaba como una gran refulgencia en el propiciatorio del arca, simbolizaba la misericordia divina. Por eso en la Biblia vamos a encontrar numerosas alusiones que hacen referencia a la justicia de Dios unida a su misericordia.
Justicia y misericordia, justicia y amor. Veamos algunos textos: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Sal. 89:14). Aquí se hace referencia a los diez mandamientos (justicia y juicio), como base del gobierno divino. No podemos anular la ley porque ella es el trasunto del carácter del Hacedor, la base por la cual se rige el Universo. La ley condena al transgresor, es necesaria para mantener el orden y proteger el Universo de los efectos del pecado. Pero por otro lado tenemos la misericordia y la verdad, (manifestadas en la santa shekina) que representan el carácter magnánimo y benevolente de Dios, tal y como también lo expresa Jeremías: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal” (Jer. 29:11). Jesús dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Sal. 85:10). Este último texto se nos presenta la justicia y el perdón, que supuestamente son contrarios entre sí, sin embargo aparecen abrazados como dos entrañables amigos.
“El amor de Dios ha sido expresado en su justicia no menos que en su misericordia. La justicia es el fundamento de su trono y el fruto de su amor.
Había sido el propósito de Satanás divorciar la misericordia de la verdad y la justicia. Procuró demostrar que la justicia de la ley de Dios es enemiga de la paz. Pero Cristo demuestra que en el plan de Dios están indisolublemente unidas; la una no puede existir sin la otra… Por su vida y su muerte, Cristo demostró que la justicia de Dios no destruye su misericordia, que el pecado podía ser perdonado, y que la ley es justa y puede ser obedecida perfectamente…” (DTG, 710).
Así es que cuando alguien nos diga que su caso no tiene remedio, o en el supuesto que nosotros mismos lo llegásemos a pensar así, citemos el Salmo 85:10 y reflexionemos en él. “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron”.

El deleite de Dios

A lo largo de mi ministerio me he encontrado con personas, tanto dentro como fuera de la iglesia, que aseveraban vivir en desesperación porque creían que sus casos no tenían solución. “Soy un gran pecador” es el grito angustioso de muchos individuos que no conocen el carácter de Dios, su creador. Si hay algo por lo que debemos gozarnos en esta vida, es en pensar que tenemos un Dios que se complace en levantar al caído, en manifestarle su amor ágape.
Dios desea a toda consta salvarnos. Notemos que al inspirar la Biblia, dio a los escritores sagrados imágenes de sí mismo que lo presentan como un Dios que vive en constante y permanente anhelo de conquistar nuestro corazón. No se cansa de amarnos, no desiste de perdonarnos, si hay una llamita aún en el corazón del hombre, por pequeña que sea, se dedicará a avivarla; buscará la manera de alcanzarnos, de conquistar nuestro escaso amor y de aumentarlo.
Considero que es de suma importancia que cada uno de nosotros nos preocupemos en conocer los atributos de Dios. Los nombres, como decíamos, que emplea la Biblia para nombrar a Dios, son una descripción de su carácter, así como indicativo claro de su deseo profundo de salvarnos. Jesús en el Antiguo Testamento es Jehová; este es el nombre redentor de Dios y está estrechamente relacionado con la redención y salvación del ser humano. Existe una íntima relación entre los nombres de Jesús y Jehová, ya que el nombre de Jesús significa Jehová-Salvador o Jehová es Salvador. Así llamó a Jesús el
ángel que anunció su nacimiento: “Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús (el Señor salva)” (Lc. 1:31).
Jesús se presenta a Abraham como Jehová Jiré (Gn. 22:14), cuando en vez de sacrificar a su hijo Isaac, Abraham encuentra milagrosamente un carnero que ofrecerá en su lugar. El nombre Jehová Jiré, significa el Señor Proveerá. Jesús es aquel que provee para nuestras necesidades (Fil. 4:19).
Otro de los nombres de Cristo es Jehová Raphá (Éx. 15:26), que significa el Señor es tu Sanador. ¡Qué maravilla! Jesús es el que nos sana. Los médicos tienen una labor digna, ayudan a encontrar el camino para recuperar la salud, pero en realidad el verdadero Médico es Jesús; de él depende toda sanación. Podemos acudir a él con toda nuestra carga de enfermedades, dolores, aflicciones físicas y espirituales, con la seguridad que como mínimo encontraremos alivio, consuelo y esperanza, y si es su voluntad, sanidad completa.
Jesús también es llamado Jehová Nissi (Éx. 17:15), que significa el Señor es mi Estandarte o el Señor es mi Bandera. Jesús es quien nos guía en la batalla contra el enemigo. Militamos bajo su estandarte y la victoria está garantizada mientras luchemos en su bando y obedezcamos sus órdenes (2 Co. 2:14).
Tal vez uno de los nombres más hermosos de Jesús sea Jehová Shalom (Is. 9:6-7), el Señor es nuestra paz. Jesús es nuestro Príncipe de paz. Él nos da la paz y la armonía interior (Ro. 5:1). Si bien lo pensamos lo que más quita el sueño de la gente, la amarga y la hace infeliz, es la falta de paz interior. Se sabe que el 90% de las enfermedades son de origen psicosomático. El pecado roba la paz del alma, sólo Jesús puede devolvernos esa paz porque Él murió para satisfacer las demandas de la ley.
Jehová Rohí, quiere decir el Señor es mi Pastor o quien me apacienta (Sal. 23:1-3). Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; estas le conocen y oyen su voz; también confían en Él y se sienten seguras apacentando a su lado (Jn. 10:27). Tal vez sea una de las figuras más hermosas y tiernas que aparecen en la Biblia ilustrando la obra de Cristo con cada uno de nosotros.
Podemos encontrar en uno de los nombres de Dios, aplicable a Cristo, otra razón certera para confiar en Él: El Shadday (Gn. 17:1-6), significa El Omnipotente. Este atributo nos dice que debemos tener la completa seguridad de que no hay nada que Dios no pueda hacer, para Él todos nuestros problemas son como la niebla que se disipa en la mañana, es decir nada. ¿Qué era el Mar Rojo para Israel? Su sepultura segura. Pero para Dios era camino de liberación. ¿Qué podía hacer un adolescente frente a un gigante como Goliat? Nada, sólo esperar la muerte. Pero David encontró en Dios la confianza y fortaleza que le dieron la victoria. ¿Qué podía esperar Israel en un Egipto que le esclavizaba? Una vida triste, llena de amargura. Pero el Omnipotente había decidió liberarlos y nadie le iba a detener, ni siquiera el Faraón con todo su ejército. ¿No es maravilloso tener la certidumbre que servimos a un Dios Omnipotente, lleno de amor por cada uno de nosotros? (Jn. 4:10).
No son pocos los que piensan que los nombres de Jesucristo sólo aparecen en el Nuevo Testamento y que Jesús es menor que Dios; pero vemos que no es así. Jesús posee los mismos atributos que el Padre y los nombres que propios del Padre también se aplican al Hijo, porque es igual al Padre en poder y gloria (Jn. 14:9), por eso no es un pecado adorarle ni considerarlo nuestro Salvador. Notemos que en el Antiguo Testamento sólo se aplicará el nombre de Salvador a Jehová. Os doy unas referencias bíblicas como ejemplo: Sal. 20; 140:7; Is. 43: 3; 63:8; 2 Sam. 22:3. Puedes encontrar más textos, baste mirar una concordancia.
En Oseas 13:4 leemos que no podemos reconocer otro dios fuera de Dios, ni existe otro salvador sino Dios. ¡Qué interesante! Con este texto confirmamos la divinidad de nuestro Señor Jesús porque uno de sus títulos es Salvador; pero no un Salvador inferior al Padre, con una divinidad prestada por el Padre, porque entonces estaríamos hablando no de Dios sino de alguien inferior a Él.
La Divinidad de Cristo es intrínseca, le pertenece por derecho propio. Siempre fue Dios, igual al Padre y al Espíritu Santo. Por eso Oseas declara que no hay otro salvador sino Dios. Ahora leamos este texto y comparémoslo con el de Oseas: “Y en ningún otro (fuera de Cristo) hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Si en el Antiguo Testamento se nos dice que Jehová es el Salvador y en el Nuevo Testamento se nos dice que Jesús es el Salvador, no es porque existe una contradicción sino porque Jesús es Dios; el Verbo-Dios, que se humanó y habitó entre nosotros (Jn. 1:1-2). Esto es maravilloso y debemos darle gloria a Dios. El Autor del Universo toma nuestra carne, nuestra naturaleza, y viene a vivir con nosotros para redimirnos por amor.
En el Nuevo Testamento Jesús significa Jehová es Salvación o Jehová Salva. Vemos que la segunda Persona de la Deidad posee el mismo atributo que el Padre. Este nombre proviene del nombre hebrero Joshua que significa Jehová es ayuda. Jesús es uno de los nombres más usados (unas 700 veces) en el Nuevo Testamento para designar al Hijo de Dios, la segunda Persona de la Divinidad.
El nombre de Jesucristo es la unión de los términos Jesús (Jehová Salva) y Cristo (Ungido), el Mesías Ungido que salva a su pueblo. Jesús también recibe el nombre de Kurios (Señor, Dios, Amo), que más que un nombre es un título que se aplica sobre todo a Jesús y denota la posesión de poder o autoridad. El apóstol Pablo usaba mucho la expresión “el Señor Jesucristo”. Jesús aceptó el título de Señor (Jn. 13:13) y enseñó que sólo Él era digno de llevar este nombre (Mt. 23:8, 10). Sus discípulos lo aceptaron como único Señor de sus vidas. Otros títulos y nombres aplicables a Jesús son Rey, Verbo, Camino, Verdad, Vida, Alfa y Omega, Principio y Fin, el Primero y el Último, el Amén, el Pan de Vida, la Puerta, el Libertador, el Cordero de Dios, etc.
El análisis no es profundo porque requeriría mucho más espacio. Con estas breves explicaciones quería enfatizar el pensamiento de que si bien observamos, los atributos de Dios (llamado Trío Celestial por el Espíritu de Profecía), nos hablan de su carácter y su deseo profundo de ayudarnos, consolarnos, salvarnos, levantarnos, perdonarnos…
“La Divinidad se llenó de compasión por la especie, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dedicaron a llevar a cabo el plan de redención” (Consejos sobre la Salud, pág. 222 y CBA, 7A, pág. 439).
Es el amor ágape que impulsó a Dios, en la Persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a trazar el plan de redención; que posibilitó que el Padre entregase a su Hijo para que viniese a esta tierra a fin de pagar con su muerte la deuda que había contraído el ser humano al caer en el pecado y que hizo posible que el Espíritu Santo se derramase en profusión para que trabajase en los corazones y lograse nuestra conversión. ¡Bendito amor! Un amor igual. Dios lo canaliza su amor inconmensurable en ti y en mí. ¿No estaremos agradecidos por eso? ¿Podemos seguir tristes, deprimidos, desanimados y aún desesperados sabiendo todas estas cosas que Dios nos ha rebelado?

Conclusión

Para concluir deseo concentrarme en una expresión que encontré leyendo la Biblia y que me impresionó bastante: “Cuerdas de amor”. Aparece en el texto de Oseas: “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida” (Os. 11:4).
El contexto presenta un mensaje dirigido a Efraín, que representaba al Israel que vivía en apostasía (las 10 tribus). Dios tenía sobradas razones para abandonar al pueblo infiel, lo merecían; pero su amor ágape, buscaba atraerlos con cuerdas de amor. Estas cuerdas no representan las mismas cuerdas que se usan para controlar y domesticar a los animales y que eran sinónimo de forzamiento, control arbitrario; sino que son figura de una atracción bondadosa, misericordiosa, clemente, llena de paciencia y amor. Es la atracción que ejerce Cristo hacia el humano dispersado en este mundo de apostasía, a quien busca atraer a su seno con cuerdas de amor, un amor ágape, dispuesto a guiarnos, perdonarnos, transformarnos (Jn. 12:32). ¿Cederemos a esa atracción?
“Jesús conoce las circunstancias que rodean cada alma. Tú puedes decir: Soy pecador, muy pecador. Puedes serlo; pero cuanto peor seas, tanto más necesitas a Jesús. El no se aparta de nadie que llore contrito. No dice a nadie todo lo que podría revelar, pero ordena a toda alma temblorosa que cobre aliento. Perdonará libremente a todo el que acuda a él en busca de perdón y restauración” (DTG, 521-522).
No perdamos tiempo alejados de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, como Efraín que desperdició su oportunidad de regresar al Padre a pesar de todos los esfuerzos que Dios hizo por ellos. Ahora es el momento de estar unidos a Él, la vid verdadera. Sea lo que fuere que hicimos o dejamos de hacer, o si entregamos ya nuestro corazón a Cristo, confirmemos hoy nuestra lealtad a Él. Nunca es tarde para buscar el rostro de Dios; nos espera y cada día nos atrae con cuerdas de amor. Dios te bendiga.


Por José V. Giner
Pastor responsable del área suiza

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